domingo, 10 de octubre de 2010

EL EFECTO CUCARACHA, POR BERNARDO MONROY

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Pablo miró al hombre arrodillado frente a él. Apuntó con su automática directo a su cabeza.

-Mira, Memo, al patrón no le gusta que lo traicionen. Tú sabes que la lealtad es lo primordial en este negocio. Ni modo, compadre.

Le disparó tres veces directo a la cabeza. Después, le avisó a sus subordinados para que decapitaran el cadáver y dejaran la cabeza en algún lugar visible de la ciudad. Salió de la bodega abandonada que usaba para sus ejecuciones, y abordó el Hummer blindado. En el asiento trasero lo esperaba su jefe. El auténtico amo y señor del crimen organizado en México. Pese a su avanzada edad, siempre lo ponía nervioso. El jefe era todo un maestro en el arte del miedo y la intimidación. Sobre todo cuando movía la cabeza, como si se tratara de un reptil. Hablaba con un español impecable, pese a su nacionalidad británica, y conocía distintos métodos de defensa personal y artes marciales. Desde aquella ocasión que había perdido un combate de baritsu que casi le cuesta la vida, decidió entrenar. Sabía de antemano que su pelea con aquel rival tendría revancha.

A muchos narcotraficantes les irritaba que un inglés moviera las riendas del crimen organizado en México, pero el jefe respondía: “Yakuzas, triadas, mafia siciliana, pandillas de Los Ángeles, narcos mexicanos… todos son unos imbéciles. Débiles mentales. ¿Les molesta que yo sea el amo y señor de todo? ¡Adelante! ¡Pueden destituirme cuando quieran! Si es que pueden”.

Pablo entró al automóvil. Su jefe estaba sentado. Era calvo, usaba una gabardina negra y sostenía un bastón con un cráneo en la punta. Le preguntó a Pablo si ya había asesinado a Guillermo. Hablaba con una frialdad digna de un contador, no de alguien que asesinaba a sangre fría. Al jefe le gustaba que sus subordinados fueran concretos. “El tiempo apremia” decía. En especial para Pablo, su secretario particular.

-Ya está listo, Profesor Moriarty. Podemos irnos cuando guste.

* * *

Pablo tocó a la puerta del estudio del profesor Moriarty. Podía escucharse con toda claridad “Trompeta Voluntaria”. En cuanto la música terminó, la ronca voz de su jefe lo invitó a pasar. El profesor estaba sentado frente a su computadora. A la izquierda del estudio, había una pintura de Jean-Baptiste Greuze. Dio doble click y esta vez se escuchó el Huapango de Moncayo.

-Ustedes los mexicanos tienen buenos compositores –comentó-. Y esto de la tecnología moderna es maravilloso. Puedes conseguir cualquier música con solo… ¿cómo le dicen? Ah, si. Googlear. No he descargado nada de violines, puesto que una persona que aborrezco era aficionada a ese instrumento. Pero disculpa, Pablo. Estoy desvariando -usó el ratón para bajar el volumen-. ¿Cómo van los negocios? No me mires así, maldito cobarde. ¿Creías que sólo nos dedicaríamos al narcotráfico?

Pablo recordó la encomienda que Moriarty le había encargado hacía una semana. El simple hecho de evocarlo le producía escalofríos: secuestrar niños a la salida de las escuelas primarias. “Deben ser de escuelas pudientes. Esos pedófilos sienten fascinación por mocosos rubios y de ojos azules. Si los padres o el personal de seguridad se oponen, mátalos. ¿A plena luz del día, profesor? ¿Cómo? Ten iniciativa, idiota. Yo no voy a pensar en todo. Una vez que lleguen a la bodega será cuestión de desnudarlos, fotografiarlos y encerrarlos. Y aliméntalos bien y encadénalos de ser necesario. No queremos que se mueran de inanición o se suiciden porque son violados hasta cincuenta veces por día. Eso ya nos pasó”.

-Todo está listo, profesor. Conseguí el encargo: cabello negro, once años, ojos verdes. El arzobispo que disponga del niño cuando quiera.

-Adviértele que tendrá que comprarlo –dijo Moriarty, con una naturalidad digna de empresario haciendo cuentas-. La última vez ese esbirro del Vaticano alquiló un niño lo dejó lleno de cicatrices. No entiendo por qué ese afán de maltratar la mercancía. ¿Algo más?

-Profesor, estamos hackeando la página del Banco de México. De acuerdo a las órdenes que nos dio.

-Muy bien –dijo, sin apartar la mirada de su computadora-. Retírate. Y no olvides recoger el cargamento de cocaína en la frontera. Mis hombres te están esperando. Ya revisé todas las variantes y no hay una sola cosa que pueda fallar.

-Muchas gracias, profesor.-dijo Pablo. Se puso de pie y salió del estudio cerrando la puerta.

* * *

Todo había comenzado hacía cuatro años, cuando Pablo era el más poderoso capo del narcotráfico en Chihuahua. La guerra contra el crimen organizado emprendida por el presidente había mejorado su situación: muchos capos fueran arrestados, y esto solo sirvió para que quienes estaban en libertad se disputaran nuevos territorios. El presidente de los Estados Unidos Mexicanos no paraba de declarar que estaba limpiando al país, pero al parecer vivía en un mundo imaginario. El resto del planeta tenía una opinión contraria. Una nota publicada en el periódico español “El País” el 14 de abril del 2010, señalaba: “Lo que más llama la atención de las cifras distribuidas por el Gobierno es que rebasan con mucho los conteos extraoficiales que llevan a cabo los diarios mexicanos. La cifra oficial es de 22.743 muertos, tres mil más de los que se tenían contabilizados. Otro dato muy esclarecedor es la progresión de los asesinatos. En 2006, todavía bajo el mandato del presidente Vicente Fox, cayeron 62 personas. En 2007 ya fueron 2.837 y al año siguiente la cifra subió hasta los 6.844. Pero fue en 2009 cuando la guerra de todos contra todos se desató y la cifra subió hasta las 9.635 muertes violentas”. Y además: “los estados de Chihuahua, Sinaloa y Guerrero se convirtieron durante los últimos tres años en escenario diario de ejecuciones, a cada cual más cruel, pero de la violencia -en contra de lo sostenido durante un tiempo por el Gobierno de Calderón- se ha ido contagiando todo el país y ni las zonas turísticas se han librado del azote del narcotráfico. El despliegue de la Policía Federal y, sobre todo, del Ejército no se ha traducido aún en una reducción de la violencia. Más bien al contrario”.

México era un caldo de cultivo para el crimen, y la situación, en vez de limpiar el país, como ilusamente creía el presidente, había resultado contraproducente, favoreciendo el llamado “efecto cucaracha”, que en la jerga policial se refiera a cuando los delincuentes emigran de un lugar donde las leyes de su delito son severas, a otro donde no la son, ya sea para evitar a la justicia, o continuar con sus actividades.

Lo que nadie sospechó fue que la situación también atrajo personajes de la literatura.

Antes de trabajar para James Moriarty, Pablo nunca había leído un libro en toda su vida. Cuando empezó a servir a los capos del narcotráfico en Ciudad Juárez, y estos le encomendaban escribir mensajes amenazantes o de advertencia, no tenía la más mínima calidad ortográfica. Con frases estilo “PAKE APRHENDAS A REZPETAR”. Era incapaz de pasar sus amenazas escritas por el corrector ortográfico de Word, pero sí de decapitar a un ser humano o asesinar a toda una familia. Las cosas cambiaron cuando una tarde, cuando ya era el mayor capo del narcotráfico en el estado de Chihuahua y vivía solo, pues por motivos de trabajo era soltero, lo esperaba en su sala un anciano. Era alto, delgado, su cabeza se movía de forma reptiliana y sostenía un bastón. Antes de preguntar cómo había entrado, antes de que Pablo desenfundara su arma, antes de que pudiera dar un paso, el anciano le dijo que a partir de ese momento tomaría control del país, y que tenía tres opciones: morir, esperar a que le asignaran un territorio o convertirse en su criado personal. Ninguna de las tres opciones le pareció atractiva. Primero se rió en la cara del anciano, y luego intentó golpearlo, pero sólo alzó su bastón y le golpeó primero en la quijada, luego en la boca del estómago y una vez que cayó al suelo, en la espalda. Era increíble: el vejestorio tenía una fuerza casi sobrehumana, incluso para su edad. Algo dijo que a Pablo le pareció incomprensible: “En una ocasión Holmes de derrotó usando artes marciales. No volverá a pasar. Sé baritsu, jogo du pau, y domino el bo. ¿Quieres intentar algo, hijo? Mejor tratemos de llevarnos lo mejor posible”.

-Vamos a tomarnos un café y platicaremos –dijo, no en tono de invitación, sino de estricta orden. El anciano le ofreció la mano para ponerse de pie. Su cortesía era digna de un caballero británico, de un profesor universitario y de un intelectual… todo eso y mucho más.

Una vez en el café, Pablo pidió un capuchino y el anciano un expreso doble. No paraba de hablar. A lo largo de los cuatro años venideros, el narcotraficante descubriría que su nuevo jefe era muy dado a las peroratas, los soliloquios y los monólogos.

Resulta que se llamaba James Moriarty. Había nacido en Inglaterra en el siglo XIX, con una inteligencia privilegiada. Dedicó gran parte de su juventud y vida adulta al crimen, convirtiéndose en el mayor delincuente de todo Londres. Todo, absolutamente todo en aquella ciudad en cuanto al bajo mundo se refería, se movía gracias a él. No había un solo robo de cartera, un solo fraude, un solo secuestro o un solo asesinato del que no estuviera al tanto. Para que nadie sospechara de él, se convirtió en profesor universitario de matemáticas. Era un genio que destacó, entre otras cosas, por publicar “La dinámica de un asteroide”, tan perfecto que es irrefutable hasta el día de hoy. Desde los veintiún años publicó un tratado de binomios, que le ganó respeto entre los círculos de investigadores. Su imperio del crimen marchaba a la perfección… hasta que se topó con Sherlock Holmes. Se trataba de alguien igual de inteligente que Moriarty, solo que él se dedicaba a combatir el delito en lugar de a controlarlo. Después de que Moriarty buscó diferentes formas de matarlo, su disputa concluyó cuando pelearon en lo alto de las cataratas de Reichenbach. Holmes derrotó a Moriarty, arrojándolo al precipicio. Se creyó que ambos habían muerto, pero mientras Holmes regresó después de su gran hiato, Moriarty se retiró de Londres. Recorrió buena parte del mundo durante todo el siglo XX y parte del XXI hasta llegar a México, que se había convertido en el paraíso de los criminales, tanto los de la realidad como de la ficción.

-Oiga mi profe… ¿y cómo le ha hecho para vivir durante tanto tiempo?

-Porque no soy un ser humano normal. Creo haberte dicho que soy un personaje. Los personajes vivimos más tiempo. Existimos entre las personas comunes y corrientes. Algunos son peligrosos, otros no. En Los Ángeles, si eres observador, al entrar a un bar en Crenshaw encontrarás a Hank Chinaski emborrachándose con Arturo Bandini. En Paris, Edmundo Dantes vive con su familia. En el mar Jim Hawkins navega con Sandokan en busca de Cthulhu. ¿Has leído a Carlos Fuentes? ¡Que descuido el mío! ¡Por supuesto que un analfabeta funcional como tú jamás ha leído a Fuentes! En uno de sus libros de cuentos, titulado “Inquieta Compañía” fuentes tiene la historia “Vlad” que habla más o menos de la situación que estamos viviendo en este momento. Resulta que Drácula opta por venir a vivir a México, pues es un lugar perfecto para beber sangre inocente. Permíteme citar al autor: “¡México, una ciudad de veinte millones de nuevas víctimas, como las llamaría usted! ¡Una ciudad sin seguridad policiaca! ¡Viera usted los trabajos que pasé con Scotland Yard en Londres!” Entiendo perfectamente al Conde. De hecho, espero visitarlo en estos días.

>>Pablo… tenía a mi segundo al mando. Sebastian Moran. Pero me falló cuando no logró asesinar a Holmes en “La Aventura de la Casa Deshabitada”, así que… bueno, digamos que Moran sufrió un desafortunado accidente que yo tuve la fortuna de perpetrar. Ahora quiero que tú seas mi lacayo. Eres perfecto: joven, conoces el país, y ya tienes un nombre en el mundo del crimen organizado. Tenemos el país para nosotros. No me ha costado adaptarme al siglo XXI. También podemos hackear computadoras (solo es matemáticas, simple y llanamente) y dedicarnos a la trata de personas. Te sorprenderá lo que un pervertido es capaz de pagar con tal de tener en su cama el cuerpo de un menor de edad. México es un país donde reina la impunidad. Sus policías no tienen un solo acierto, sus militares son unas personas tan repugnantes, que abusan sexualmente de ancianas, como el caso de Ernestina Ascensión Rosario, que pese a servir de diversión a las tropas, el presidente declaró que murió de gastritis. ¡Violar ancianas! Vaya, ni siquiera Mr. Hyde hace eso. Memoricé el caso de los periódicos en mis ratos de ocio: “Originaria de Tetlatzinga, municipio de Soledad Atzompa, Veracruz, Ernestina falleció el 26 de febrero a causa de lesiones en la que estarían implicados militares. En el certificado de defunción folio 070276634 se indica que el tipo de muerte fue ''mecánica-traumática''. Estuvo en terapia intensiva al menos siete horas y media, luego de haber sido violada por presuntos efectivos del 63 batallón de Infantería… ¡Este país es el Edén de los delincuentes. Podemos manipular al presidente, podemos controlar a los empresarios. Todo es para nosotros!

Pablo no entendía quien era un “cherlojolms”, “jaid” o “dántes”, pero sí entendió que debía servir a aquel anciano. Algo en su experiencia empírica como capo del narcotráfico le decía que le convenía, y así fue: en un mes, Moriarty controlaba todo el crimen de la parte norte del país, y en un año, tenía bajo su control hasta el más simple asalto de todo el país. Al año siguiente, se convirtió en asesor del sector empresarial, bajo la identidad de Sir Adam Worth. Escribía una columna semanal en los periódicos de mayor circulación, sobre el problema del crimen organizado y la importancia de emprender una guerra en su contra. Al año siguiente, apareció en las revistas de alta sociedad tanto nacionales como internacionales, estrechando la mano del presidente de la República en una cena de gala.

La vida era muy buena cuando eras un genio del crimen.

* * *
Acompañado de cinco hombres armados, Pablo esperaba en la carretera el cargamento de cocaína que Moriarty le había indicado. Ya era la una de la madrugada, y el contacto prometió llegar desde las diez de la noche… al profesor no le va a gustar nada el retraso, comentó Pablo a uno de los cinco sicarios a su servicio, que era alto, delgado, de tez morena, con un poblado bigote y usaba sombrero.

Casi al instante, el interlocutor agregó: “hablando del Rey de Roma y mira quien se asoma”, pues James Moriarty acababa de estacionarse frente a ellos conduciendo el Hummer.

El rostro del profesor estaba surcado por una enorme sonrisa. Extendiendo las manos, como si fuera a abrazar a su asistente personal, exclamó:

-¡Acaban de detener el cargamento! ¿No es maravilloso? Demasiada casualidad que este gobierno de porquería y esta policía de cretinos haya confiscado el cargamento.

“En la madre, bato. El profe ya se volvió loco” –pensó Pablo.

-Tiene razón, Napoleón del Crimen –dijo el sicario, quien se quitó el sombrero y con la mano derecha se limpiaba el rostro. No era el color de su piel: era maquillaje. El bigote también era falso y se lo arrancó.

Pablo estaba anonadado, pero aparentemente, Moriarty había predicho toda la escena.

-Siempre fue un maestro del disfraz, Holmes. (Y déjeme decirle que Robert Downey Jr. no se parece en nada a usted) Aún recuerdo cuando escapó de mi vistiéndose como sacerdote italiano, y ahora, de sicario mexicano. Salvo la nacionalidad, la vocación no ha cambiado nada.

-No vengo a escapar de usted, profesor. Vengo a detenerlo.

-¿Ayudar a la justicia mexicana? Vaya que les hace falta.

-No me infravalore, profesor. Este país no me importa. Me importa el reto intelectual de arrestarlo.

-Desde que nos encontramos por primera vez le advertí que jamás me llevaría al banquillo, Holmes. Hace ya un siglo se lo dije, y se lo repito: no me vencerá jamás.

Sherlock Holmes respondió con una mirada altiva. Sin más, le dio la espalda y caminó rumbo a la carretera, mientras sacaba un teléfono móvil y tras marcar, ordenaba: “Watson, puede pasar a recogerme, tenemos mucho trabajo que hacer”.

-Pablo, muévete. Tenemos mucho trabajo que hacer.

-¿Quién era ese hombre?

-Nadie en especial, solo un viejo amigo.

He is the Napoleon of crime, Watson. He is the organizer of half that is evil and of nearly all that is undetected in this great city. He is a genius, a philosopher, an abstract thinker.
- Sir Arthur Conan Doyle. “The Adventure of the Final Problem”

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